El caso de Felipe

Aprendamos a ver más allá de las etiquetas.

La psicología y la educación son mis grandes amores y lo que me conquistó fue la inclusión. En este camino del terreno aún desconocido de lo inclusivo tuve la oportunidad de trabajar con población con discapacidad cognitiva y diagnósticos que derivan del desarrollo neurológico, fue con ellos con quienes aprendí a aplicar las competencias socioemocionales.

 

Hoy les quiero contar un caso que conocí, utilizaré nombres y escenarios irreales para mantener los datos confidenciales. Este personaje se llama Felipe, venía de otro país y había pasado un tiempo sin acceso a la educación mientras sus cuidadores organizaban su estadía en Colombia. En su lugar de origen había sido diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y con los documentos con los que contaban sus cuidadores lograron matricularlo a un colegio en donde llegó a ser parte del área de inclusión.

 

Felipe entonces tenía muchas dificultades académicas y para socializar por la dificultad que tienen estos niños y niñas para controlar sus impulsos. Cuando lo conocí me advirtieron que tuviera mucho cuidado pues podía robarme algo, yo la verdad nunca temí a que esto pasara ¿la inocencia? ¿la inexperiencia? o ¿la capacidad de verlo con otros ojos? Debo confesar que no hay nada que me gusté más que un reto ni que me haga más feliz que poder ayudar a ese a quién nadie quiere hacerlo. Este personaje que les cuento era fácilmente el niño que ninguna profesora quería tener en su salón, el que peleaba todos los descansos y el último al que escogían para jugar futbol porque tenerlo en su equipo era problemas. Sus cuidadores no sabían qué hacer y la verdad desde que había llegado a Colombia no habían buscado acompañamiento a sus dificultades, esperaban que con el tiempo pasaran como le había pasado a uno de sus familiares.

 

Entonces ¿Qué hicimos? Con mis compañeros de área empezamos a trabajar con niños y niñas que al igual que este tenían dificultades académicas y sociales, consolidamos un grupo a través del juego y lo simbólico para hacerlos sentir parte de algo, esto nos tomó 6 meses. Semana a semana los llevábamos a nuestro salón, al principio era problemático pues ni siquiera entre ellos se llevaban bien, hubo llanto, quejas y hasta peleas. Desde ahí empezamos a trabajar las competencias socioemocionales, la importancia de la consciencia emocional para poder regular nuestras emociones, ponerlas en pro de cumplir nuestros objetivos, motivarnos, relacionarnos con el otro y, finalmente, brindarnos bienestar.

 

Al cabo de los primeros dos meses Felipe dejó de robar en su salón, a los cuatro meses ya tenía amigos para jugar en el descanso, seis meses y comenzó a mejorar su rendimiento académico al punto tal que logró pasar el año. Ya llevábamos ocho meses de intervención y Felipe tuvo un problema, volvió a golpear a un compañero por defender a un amigo del área de inclusión. El papá de su amigo no entendió qué había pasado y creyó que por culpa de Felipe su hijo se había metido en problemas. El castigo impuesto por el colegio fue humillante para Felipe, no lo escucharon, nadie entendió qué había pasado y yo ese día no había ido ala institución. Cuando hablé con Felipe comienza a llorar como nunca lo había visto y me manifiesta que él quiere cambiar, mejorar, tener amigos y que sus intensiones eran buenas pero que nadie le creía.

 

Ni hoy ni nunca justificaré un golpe, así como tampoco juzgo ni permito que se pase sobre otro individuo sin primero escuchar su versión. Luego de una charla extensa hablamos de los aspectos positivos y negativos de su actuar y aprendimos estrategias para hacer la próxima vez que ocurriera algo así sin necesidad de llegar al golpe. 10 meses y se acaba mi tiempo para trabajar con Felipe, hacemos un paralelo juntos y nos damos cuenta de logros pequeños pero significativos que alcanzamos. Ya puede hablar de sus emociones, identifica con mayor facilidad cuando está perdiendo el control y comienza a pensar antes de actuar, su año académico va muy bien e incluso la profesora lo felicitó frente a sus cuidadores. Aún quedan muchas dificultades por trabajar pero todo es un proceso, a veces más rápido a veces más lento pero un proceso al fin y al cabo ¿No es esto lo que queremos para nuestros niños y niñas?

 

Pensemos en una niñez y juventud feliz a través de propuestas reales, de procesos y de ganancias pequeñas pero significativas.

Andrea Merchán Orejarena

Co-fundadora Amaraún

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